El Espíritu de Verdad 00: Prefacio

Prefacio
“La casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15).
Sospecho que en la experiencia de ustedes, como en la mía, las referencias a esta descripción fundamental de la Iglesia, han sido raras. La omisión puede ser muy significativa, pues la infeliz verdad es que de todas las instituciones de la tierra, la iglesia es la más artificial e inauténtica, la más predecible y programada.
¿Cómo es que un fenómeno cuyo origen es celestial y que fue comprado con precio tan alto se haya convertido, para nuestra generación, en una cultura tan melancólica? ¿Acaso hemos fallado en salvaguardar y celosamente dar un precio a la verdad misma, sin ejercer la vigilancia diaria y de momento a momento que requiere la verdad por su misma naturaleza? ¿No hemos reconocido que la cuestión de la verdad es mucho más que la simple complacencia a la forma, que tan sólo satisfaría la intensidad de un amante de la verdad?
En forma suficiente y apropiada, el ensayo que ustedes están próximos a leer tuvo su origen en una iglesia donde me encontraba un domingo en la mañana, libre de cualquier otro compromiso, para gozar el lujo de escuchar a otro predicador. Iba ligero como una liebre, lleno de deleite y expectativa, sostenido por la profusa alabanza para el ministro como predicador de la Palabra, por el hermano que me escoltaba.
Me sentaba en el palco de la atestada iglesia, atento y expectante, pero no sin estar un poco preocupado por los grupos tan distintos a mi alrededor. Por una parte, la audiencia incluía racimos de adolescentes frívolos, mientras por la otra, me impactó el aire de rigidez religiosa, sin gozo, de los adultos. Me esforzaba por estrangular mi subjetividad predispuesta, sin querer en ninguna forma permitirle ser un obstáculo para la Palabra predicada que ahora comenzaba a surgir. A medida que el mensaje se desenvolvía, pude rápidamente entender el entusiasmo que mi compañero mostraba hacia el predicador. Las frases eran claras, precisas y correctas. Pero, entonces, ¿qué era esa extraña incomodidad que se levantaba en mi alma y que aumentaba con cada palabra, hasta que finalmente todo mi interior quedó anudado en una angustia inexplicable?
Por último, me di cuenta de mi dilema: Mi mente aprobaba la corrección exterior bíblica y doctrinal de la Palabra que se predicaba, ¡pero mi alma se apartaba del espíritu de la predicación que contradecía cada sílaba! Por un lado estábamos unidos al compromiso y sacrificio radicales, mientras que el otro decía: “No hay necesidad de entrar en pánico; no es necesario tomar esto en serio—recuerden, esto es sólo un sermón. Daré un mensaje bíblico semanalmente y ustedes proveerán para mi bienestar y seguridad personales. No quiero retarlos, ni que ustedes me reten, y así todos la pasaremos bien.”
En ese momento nació en mí el darme cuenta (¿acaso no lo había visto desde mucho tiempo antes?): la verdad debe ser toda la verdad y nada más sino la verdad, o no es la verdad. El espíritu del que habla—la constitución y la determinación de la persona—deben estar en total acuerdo con las palabras que habla, o es una mentira. Las devastadoras palabras de la viuda de Sarepta al profeta Elías todavía me penetran:
“Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad en tu boca” (1 Reyes 17:24).
Así comenzaron las reflexiones que aparecen como una serie de mensajes, que ustedes están próximos a leer. Mi colega en este intento es Paul Volk, creyente como yo, a quien ustedes con mucha probabilidad han tenido poca ocasión de conocer. Nuestras almas se han venido a entrelazar con los años que hemos pasado juntos en una comunidad del norte de Minnesota, donde hemos luchado a través de las cuestiones de la fe. Somos judíos de inclinación intelectual y académica, buscando desenlazar la fe de sus ataduras tradicionales y culturales para poder contemplarla y proclamarla en toda pureza. Hay muy pocos hombres que conozcan mejor mi corazón y que sean capaces de interpretarlo y expresarlo con una claridad tan poco común. Como su esposa Adrienne lo dice con frecuencia: “No es posible saber dónde comienza el uno y dónde termina el otro.”
Bueno, lo puedo decir, pues a menudo se me ha permitido admirar, sino también envidiar, cómo Paul convierte un pensamiento en un aforismo compacto y penetrante, y que por tanto puede justificar todo este libro. Me he quedado con el extraño sentimiento al leer el manuscrito de algo que es mío, y sin embargo no lo es—íntimamente familiar, pero al mismo tiempo nuevo. La síntesis de dos pensamientos, y de los respectivos espíritus y corazones, lo hace cualitativamente distinto e infinitamente mejor; es incluso, si ustedes así lo desean, una degustación anticipada de las glorias del verdadero corporativismo que espera el fluir unido del cuerpo de Cristo en esta hora final. Ustedes serán los jueces. Como lo he dicho con cierta frecuencia, la teología es demasiado preciosa y expansiva para las labores de una sola persona, pero necesita una pluralidad de esfuerzo y penetración para dar a luz su biselado brillo. Que este libro sea una insinuación de esto, sin importar lo modesta.
Por último, que nuestro esfuerzo encienda de nuevo el amor a la verdad para que, en esta turbulenta y oscura era de engaño, nos pueda salvar de perecer. El espíritu cínico de Poncio Pilato que implica que la verdad no se puede conocer, o el espíritu en nuestra era relativista que dice que la verdad ni siquiera existe, cada vez impregna más todo. Es una presunción y una posición que está de moda, que en sí misma es una mentira y que contenderá contra la verdad incluso hasta la muerte. El amor por la verdad, que es el único antídoto, será costoso en esta hora. Que el Señor, quien es la Verdad, sople sobre estas páginas para inspirar el coraje de desear y buscar la verdad, de testificar de ella y obedecerla, de sufrir por ella como inevitablemente se debe hacer, de manera que al final pueda haber en un mundo engañador, una Iglesia que sea la columna y el baluarte de la Verdad. Que seamos guardados de aquel anhelo por las manifestaciones del poder de Dios que es inconsciente, según nos recuerda Jessie Penn-Lewis, pues el Espíritu de Dios, antes que se pueda conocer o experimentar como poder o como amor, es primero y principalmente, el Espíritu de Verdad.
Art Katz
Laporte, Minnesota
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