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El Espíritu de Verdad 06: Capítulo 5

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Capítulo 5

Verdad en Carácter y Conducta

 

El Humilde Jordán

Las invitaciones a la cima de los montes son muy populares. Las invitaciones al Jordán, sin embargo, son poco buscadas. Pero si alguien busca el Espíritu de Verdad, es en el valle, y no en la cima de los montes, donde encontrará lo que busca. Jesús sabía que necesitaba el Espíritu en plenitud perfecta a fin de cumplir todo lo que estaba puesto ante Él. Supo que el camino del Señor preparado para Él era el bautismo de Juan y la humildad sin adornos que eso significaba. Para Él, aunque habló con el propio Elías en la cima del monte, Juan era ‘Elías’ que estaba abajo en el valle. “Y si queréis recibirlo, él [Juan] es aquel Elías que había de venir” (Mateo 11:14). Si usted tiene un anhelo insaciable de ver el sendero del Señor preparado en su propia vida, si desea la verdad en lo íntimo, si quiere levantarse con firmeza ante los Pilatos de esta edad como una expresión viviente de la verdad, entonces Juan será Elías para usted. Quienes desean menos que el Espíritu sin medida, no percibirán a Juan como Elías, ni al humilde Jordán como el lugar donde el Espíritu se debe encontrar. Pero, si el inmaculado Hijo de Dios debió comenzar en este bajo lugar, entonces, ¿cómo podremos imaginar que para nosotros sea posible tener otro comienzo en cualquier otro lugar o en cualquier otro camino?

Juan atrajo grandes multitudes. Muchos iban desde Jerusalén para verlo. Algunos no eran sino simples curiosos. Otros simplemente reunían datos y notas para los trabajos de investigación sobre el arrepentimiento que debían presentar en el seminario o para el sermón del próximo domingo. Sin embargo, quienes llegaban allí en búsqueda de la verdad, dejaban atrás todo lo falso, y entraban al agua para recibir el bautismo. Esa clase de arrepentimiento es fruto y señal de anhelo por la verdad y por el Dios de verdad. Hasta cuando hayamos resuelto andar en la verdad, libres de todo engaño, permaneceremos atrás en nuestro propio Jerusalén, o a lo mejor salgamos para ver a Juan como algo que estimula nuestra curiosidad, sin que en realidad seamos capaces de percibirlo como lo que es. Pero una vez que se toma la resolución, inevitablemente nos lleva más allá de las orillas y nos conduce dentro de las aguas del Jordán.

La Verdad: El Carácter de Cristo en Nosotros

El primer paso para bajar al sitio donde el Espíritu desciende sobre la carne humana, consiste en darnos cuenta de nuestra gran necesidad junto con el nacimiento de un odio santo y puro contra todas nuestras propias pretensiones e hipocresías. Tal anhelo por la verdad, y tal aborrecimiento hacia todas las formas de la mentira es la conmoción del carácter del Hijo de Dios en nosotros. Es sobre este carácter donde desciende y habita la paloma del cielo. Porque instintivamente reconoce una identidad, en completa afinidad con el carácter de Cristo. Sobre un carácter así y en un lugar tan humilde, el Espíritu puede descender con toda Su plenitud y expresar no sólo Sus atributos y Sus dones, sino también Su misma naturaleza y Su propia esencia, que es la verdad.

Y al mismo tiempo que los cielos se abrían y el Espíritu de Dios descendía como una paloma para posarse sobre Jesús, la voz de Dios se dejó oír desde lo alto: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). El Padre eligió ese momento para expresar cuán complacido estaba. Su expresión de placer no vino a causa de algo que Jesús hubiera hecho. Jesús no había hecho nada todavía; Su ministerio, como tal, aún no había comenzado. El mayor gozo de Dios, como el de Juan, consiste en ver que Sus hijos andan en la verdad. La alegría del Padre estaba, y todavía lo está, en el carácter de Su Hijo, en lo que Él es, por encima y antes de lo que hace. Todo cuanto Jesús hizo, toda la autoridad que tuvo, fluía de todo lo que Él era. Incluso, si fuese posible duplicar o hasta sobrepasar las obras de Jesús, sería imposible obtener Su autoridad o conocer el gozo del Padre en una forma distinta a andar en la verdad como Su Hijo amado.

Dios reservó Su Espíritu y Su voz audible de aprobación para el momento del bautismo de Jesús; y también reservó la revelación de la identidad de Su Hijo a Juan para ese mismo momento. La identidad de Jesús estaba tan unida con el Espíritu de Verdad que al Bautista no se le permitió reconocerlo por ninguna otra característica, y aunque era pariente de sangre, ninguna otra persona tenía una razón mayor para conocerle en la carne.

“Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua…Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, Aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre Él, ése es… Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Juan 1:31,33-34).

Muy probablemente Jesús no era ningún extraño para Juan. Sus madres eran primas. Puede que hayan crecido no muy lejos uno del otro. Quizás Juan estaba en posición para observar a Jesús. Pero, nada natural por sí mismo se podía contar como una señal de la identidad de Jesús. El tener una relación cercana no fue de ayuda para Juan, y Dios tampoco designó obras milagrosas como señales definitivas para mostrar quién era Jesús. Las obras confirmaron más tarde lo que sólo podría revelar el carácter. Fue cuando descendió, y no solamente eso, sino cuando el Espíritu Santo permaneció sobre Jesús, lo que constituyó la señal elegida por Dios para indicar a Juan que Jesús era el Mesías esperado. Lo que Juan atestiguó no fue una conjunción momentánea, ni un toque pasajero del Espíritu para suplir una necesidad del momento, sino una unión permanente, una unidad de esencia y carácter.

Para Juan no fue suficiente ver cómo el Espíritu tocaba a Jesús, así como para nuestros contemporáneos no es suficiente ver cómo toca el Espíritu de manera ocasional a la Iglesia hoy en día. Lo que Juan vio fue al Espíritu descender y permanecer en la carne humana. Vio al Espíritu Santo, al Espíritu de Verdad, de una forma tan unida con el carácter de un hombre que pudo permanecer y residir en Él. Los escépticos y aquellos que viven en una búsqueda observando la conducta de los cristianos necesitan ver la misma cosa.

Humildad y Arrepentimiento

Juan dijo que él vino a bautizar para que Jesús pudiera manifestarse a Israel. Por su parte, a Israel le era necesario bautizarse y arrepentirse para poder ver a su Mesías. Pero Juan también bautizó al mismo Jesús. ¿Acaso era menos esencial que Jesús fuera bautizado para que se pudiera manifestar? Andamos en la espera de que esos “judíos tercos” vean finalmente el significado verdadero de todas las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento y que sucumban, junto con el mundo gentil, a nuestros programas evangelísticos. Sin embargo, quizás los judíos y gentiles, y quizá hasta Dios mismo, han esperado que nosotros nos manifestemos como hijos de Dios que andan en la verdad. Nos hemos contentado en nuestra “Jerusalén” cristiana a apuntar a todas las clases de señales como prueba de un Cristo viviente.

En su mayor parte, el mundo, y muy especialmente Israel, no están aun convencidos. Esperamos que ellos, de alguna forma, sean inducidos a entrar en las aguas de la humildad y del arrepentimiento para que puedan reconocer a nuestro Cristo y a Su Iglesia. Pero, a lo mejor Israel ha venido tan sólo hasta las orillas del Jordán y su salvación espera nuestra entrada en el agua, de la misma manera como Jesús entró. Quizá Israel, junto con el resto de un mundo escéptico, necesita primero ver que la Iglesia se manifieste, despojándose de su pompa y sus pretensiones, para descender de sus lugares altos al valle humilde del Jordán, sometiéndose a un lavamiento en humildad y arrepentimiento. Cuando Israel y el mundo puedan ver que el Espíritu de Verdad desciende y permanece sobre la iglesia y oigan que el Padre le dice a ella, “Este es Mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; no tengo Yo mayor gozo que este, el oír que Mis hijos andan en la verdad” (Mateo 3:17; 3 Juan 4). Quizá entonces, se verán inducidos a entrar por sí mismos a las aguas del arrepentimiento y a creer.

La Paciencia de la Paloma

El bautismo de Jesús no fue el primer ejemplo en las Escrituras de una paloma que buscaba un lugar terrenal donde permanecer. La tierra misma se encontraba sumergida en una tumba de agua en los días de Noé. Cuando cesó la lluvia, Noé soltó dos de las aves del arca. El cuervo fue el primero. Nunca volvió. Aunque las aguas del diluvio no habían descendido, el cuervo aparentemente se contentó con posarse sobre cualquier resto de la antigua tierra juzgada que podía flotar. La otra ave regresó al arca. Al contrario del cuervo, no encontró un sitio donde poner sus pies. Era una clase de ave mucho más particular. “Simplemente algo” no sería suficiente. Necesitaba un lugar compatible con su propio carácter impecable. Era una paloma. Sólo después que descendieron las aguas de la inundación y emergió una tierra renovada, la paloma encontró un lugar donde habitar.

Esa paloma debió haber tenido una paciencia extraordinaria. Después de estar tantos días en el arca, debió haber anhelado vivir otra vez en libertad. Pero no iba a aprovechar la primera oportunidad que tuvo para hacer su nido en cualquier cosa vieja. ¿Cuánto tiempo estuvo el Espíritu del cielo, en espera paciente de la llegada de Jesús? ¿Ha cambiado el carácter de la paloma desde los días de Noé? ¿Ha venido a ser el Señor menos paciente y menos particular? ¿Se ha fatigado tanto de dar círculos alrededor de los restos de nuestra vieja humanidad, que finalmente se ha contentado con levantar su morada en cualquier cosa que flota? Su carácter no ha cambiado. La presencia de dones y manifestaciones con nosotros no es prueba de lo contrario. La paloma puede amablemente tocar y otorgar dones, aparentemente de forma indiscriminada, pero Él permanece muy discriminador cuando viene para encontrar un lugar donde residir para poder expresar Su carácter.

Noé también necesitó una gran paciencia. La tormenta había terminado y el sol brillaba de nuevo. Después de más de siete meses de confinamiento, el arca vino a descansar sobre la cima de un monte. Y Noé había esperado. Dios fue el que cerró la puerta del arca, pero era decisión de Noé el momento para abrirla. Permitió que la paloma fuera su señal que el tiempo había llegado. En cierto sentido, Noé no tenía alternativa distinta a esperar que apareciera la tierra seca. Para nosotros la elección es mucho más difícil. Somos salvos y bautizados. ¿Entonces, por qué esperar más? ¿Por qué someternos todavía más a restricciones y limitaciones? ¿No podemos asumir que Dios bendecirá cualesquier cosa que hagamos, sin importar la forma en que la hagamos?

Los Amantes de la Verdad Esperan

Nuestra impaciencia es aquello que nos desintegrar y es la revelación de nuestros corazones. Los problemas y necesidades que nos rodean son demasiado grandes y demasiado pesados. Nuestras vidas personales, nuestras familias, nuestras iglesias claman por soluciones, por algo que obre para producir una medida de orden y estabilidad. Hay presiones financieras, hay un mundo por evangelizar, hay matrimonios por salvar, hay un mundo vigilante que necesita ser impresionado por este cristianismo que profesamos como algo real y genuino. Bajo tales circunstancias, ¿quién puede esperar? ¿Es en realidad tan malo ser pretensiosos o exagerar un poco y echar mano de algunos de los viejos métodos y trucos que obraron de modo tan bueno en el pasado y que aún obran en el mundo que nos rodea?

De hecho, ¿no seríamos “superespirituales” y hasta irresponsables si esperáramos un poco más de tiempo? La única cosa que nos inducirá a esperar, lo único que nos impide salir inmediatamente del arca y posarnos sobre algún residuo flotante de nuestra vieja humanidad, es un apasionado amor por la verdad y un aborrecimiento por todo lo que esté manchado con mentiras. Sin tal freno interior, estaremos prontos a tomar lo que podamos, dispuestos a fingir sentimientos y manipular a los demás. Y cuando obramos de esa manera, no es la paloma la que hallaremos ahí con nosotros, ¡sino otra “ave” mucho menos paciente y mucho menos particular!

Hay todo un libro del Nuevo Testamento que está dedicado por entero a los hechos de los apóstoles, pero en forma interesante, el Libro de los Hechos comienza en una completa inactividad. La Cruz es historia, Jesús ya resucitó, todos los discípulos han llegado a creer en Él, sin embargo Lucas escribe que, “estando juntos, les mandó [Jesús] que no se fueran de Jerusalén, sino que esperase.” (Hechos 1:4a). Esperar nunca ha sido algo fácil. Es una forma de sufrimiento, y es mucho más agudo cuando los peligros y las necesidades abundan por todas partes. Sin embargo, después de tres años de haber disfrutado de la más intensa y maravillosa experiencia personal con Jesús y después de cuarenta días de haber sido instruidos sobre el Reino por el Señor resucitado, aquí se encontraban obligados a esperar. Jesús estaba convencido que la tarea ante ellos era demasiado grande como para que la llevaran a cabo con base en el conocimiento y en la experiencia que cada uno de ellos tenía. Se les dijo que esperaran por poder, no tanto para “testificar”, sino para ser testigos (Hechos 1:8). ¡El requisito para ser siempre es más grande y más exigente que el requisito para hacer!

El número de días en que Jesús instruyó sobre el Reino a Sus discípulos fue el mismo número de días en que cayó la lluvia del diluvio mientras Noé estaba en el arca. Quizá oír directamente de Jesús sobre el Reino, sea menos una escuela que una clase especial de bautismo donde se deben purgar y lavar todos nuestros propios conceptos sobre el Reino, la Iglesia y el significado de ser testigos. Si pudiéramos experimentar tal forma de instrucción, estaríamos mucho más dispuestos a esperar; seríamos incapaces de hacer algo distinto a esperar por el poder de lo alto.

No les Toca a Ustedes Saber

¿Qué enseñó Jesús durante esos cuarenta días? Si tan sólo Lucas hubiera registrado por lo menos algunas de Sus palabras, quizá podríamos tener respuestas a muchas de las más difíciles preguntas que los creyentes han hecho desde entonces. Pero Lucas no nos dice nada más; sólo da a conocer las preguntas que los discípulos hicieron después que Jesús hubo terminado la enseñanza y las respuestas que dio a aquellas preguntas. “¿Restaurarás el reino a Israel en este tiempo? (Hechos 1:6).” Fácilmente podemos ponernos en el lugar de ellos: “Señor, ¿y qué acerca del arrebatamiento? ¿Cuándo será exactamente la tribulación? ¿Y exactamente qué significa: ‘…que todo Israel será salvo’? ¿Son estos los Últimos Días?” Todos queremos saber y no hay nada malo en preocuparnos con tales preguntas. Pero deben ser motivo de mayor preocupación las palabras con que contestó Jesús: “No os toca a vosotros saber… pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos” (Hechos 1:7,8). El conocimiento no es lo más importante. Recibir poder para ser testigos de Él no depende del “cómo” y del “cuándo” del Reino. No tengo que saber primero todas las verdades, pero sí debo ser verdadero.

“No les toca a ustedes saber” puede ser muy difícil de recibir como respuesta, especialmente cuando usted piensa que ya sabe. Qué terrible ironía que nuestros conocimientos, incluso y especialmente sobre el fin de los tiempos y las cosas del Reino, puedan tornarse en el mayor de los obstáculos para convertirnos en verdaderos testigos del Señor. “No saber” quizá muy bien resulte en una condición indispensable para que seamos los instrumentos vivientes que Dios pueda usar para realizar Sus propósitos. El hecho de “no saber” libera al hombre de la autoconciencia de su lugar y su papel que le pueden incapacitar espiritualmente. “No saber” es un antídoto divino que contrarresta el poder del orgullo espiritual. Conocer las verdades de los últimos tiempos y los principios del Reino, irónicamente pueden hacer a una persona menos verdadera; puede volver nuestro vocabulario tieso, hueco y predecible; puede eclipsar la misma espontaneidad y la condición infantil de espíritu que requiere la realidad del Reino. Oír a Jesús decir, “No les toca a ustedes saber” tiene la fuerza suficiente para lograr que se detenga hasta el mayor y más grande de todos los discípulos. La intención de Pentecostés nunca fue la de suministrarnos poder para dar testimonio a nuestro conocimiento. Su intención fue la de suministrarnos poder para ser testigos de Él.

La vía al aposento alto, igual a la que Jesús siguió para el Jordán, lleva hacia abajo, no hacia arriba. A los hombres que quedaron en espera esos últimos diez días en Jerusalén, a todos se les había llevado hacia abajo, en humillación profunda. Cada uno de ellos podía recordar la todavía reciente experiencia de haber negado a Jesús. Todos habían dicho que estaban listos para morir con Él y todos vieron completamente aplastadas las propias ilusiones que tenían respecto de sí mismos. En el momento en que llegaron al aposento alto, estaban reducidos a la verdad y, por tanto, listos para recibir el Espíritu de Verdad, en Su medida completa y total y en Su más profunda y absoluta auto-revelación. Pentecostés les habría hecho apenas “pentecostales,” testigos de Pentecostés, pero no testigos de Jesús, si no hubieran recorrido primero un camino de descenso, como hacia el Jordán, para llegar al aposento alto.

En la historia de Israel hay profundas transiciones que ocurrieron cuando los israelitas atravesaron diferentes masas de agua. Israel entró a Canaán al cruzar el Jordán y para abandonar a Egipto atravesó el Mar Rojo. La partida de Egipto fue tan abrupta, tan total, que ni siquiera fue posible llevar levadura para el pan. El bautismo del cristiano tiene que marcar como algo mínimo una gran transición. Es un éxodo del mundo viejo a través del agua, y debería ser lo mismo de total y absoluto. Una medida muy buena de cuán profundamente radical ha sido la transición de la redención en nuestra vida es hacer una prueba del pan con que nos alimentamos nosotros mismos y con el que alimentamos a los demás. ¿Fue nuestro paso a través de las aguas del bautismo tan casual e indiferente como para permitirnos traer algo de levadura para nuestro pan?

La Levadura Convierte la Verdad en Mentira

Antes de jactarnos con demasiada rapidez de nuestra redención y de los dones del Espíritu en medio de nosotros, deberíamos considerar las palabras de Pablo a los creyentes en Corinto:

“No es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque vuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura… sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad.” (1 Corintios 5:6-8).

Si el pan de nuestra fiesta, el pan de nuestro compañerismo, de nuestro servicio y de nuestra adoración todavía contiene la levadura de la pretensión, del amor fingido y de la insinceridad, ¿de qué nos estamos jactando? El punto no es la cantidad de levadura, sino su misma presencia. Sólo se necesita un poquito de levadura para leudar toda la masa. Sólo se requiere un poco de pretensión, un poco de simulación, para convertir todo el pan de nuestras relaciones y nuestra adoración en una mentira. ¿Cuán completa y cuán verdadera ha sido nuestra redención si hemos tenido el tiempo y la inclinación de traer algo de la vieja levadura con nosotros? Pablo dijo: “Limpiaos, pues, de la vieja levadura.” Había que purgar toda la levadura vieja en Israel, antes que se pudiera celebrar la fiesta de su redención. La fiesta no se puede celebrar con pan leudado ¾ sólo con el pan sin levadura de sinceridad y de verdad. Puede que seamos capaces de simular la fiesta, de realizarla correctamente, pero es imposible celebrar verdaderamente nuestra redención y a nuestro Redentor en la ausencia de la sinceridad y la verdad.

La Levadura de la Pretensión y de la Insinceridad

Si, aun después de cruzar a través de las aguas de nuestro propio bautismo, nuestro pan todavía está leudado con la pretensión y la insinceridad, entonces es bueno y necesario preguntarnos hasta qué grado la paloma celestial todavía mora con nosotros. ¿Cuánto de nuestros dones espirituales, de nuestras manos levantadas, y de nuestra actividad religiosa ha dejado de ser una expresión viviente del Espíritu y en su lugar ha venido a ser una forma de levadura, un sustituto de la paloma contristada y entristecida que se ha visto obligada a retraerse y retirarse? ¡Un poco de levadura leuda toda la masa! Las mentiras no se pueden poner en cuarentena. El amor fingido hacia un hermano conduce hacia una adoración fingida hacia Dios. Y la paloma de los cielos no puede morar donde abundan las mentiras. Entonces, ante la ausencia de esa paloma nos vemos forzados a encontrar otra alternativa, a imitar y a pretender, y en consecuencia a diseminar la levadura y a conducir al Espíritu a una porción cada vez más reducida en nuestras vidas. Si hemos encontrado alguna manera de seguir adelante y mantener cierta apariencia del Espíritu, entonces eso no es para que se nos dé algún crédito; en lugar de esto, es una señal de nuestro fracaso y de nuestra vergüenza. Ciertamente no estamos engañando a Dios. Si nos pudiéramos detener y considerar, nos veríamos forzados a admitir que ni tan siquiera somos capaces de engañarnos a nosotros mismos.

El Costo de Purgar la Levadura Antigua

Purgar la levadura vieja va a ser doloroso y costoso. Significa dejar atrás todo lo que ha “funcionado,” inclusive la simple tregua que ha sustituido la paz genuina en nuestras relaciones, la postura fingida y la braveza que han servido en lugar de la autoridad verdadera. Tanto nuestras vidas personales como la historia de la Iglesia contienen amplias evidencias de alternativas de la verdad que “funcionan,” pero si “funcionan” y no son verdaderas, entonces es inútil. De hecho, es peor que inútil, porque nos hace falsos y porque, de manera inevitable, vamos a colisionar con la realidad, para que aquello que apenas “funcionaba” fracase de manera devastadora. Puede ser una perspectiva que cause temor tener que enfrentar a nuestros cónyuges, a nuestros hijos, a nuestras congregaciones, y a nosotros mismos sin las mentiras habituales y convenientes que han “funcionado” durante tanto tiempo. Consecuentemente, el prospecto de enfrentar la realidad armados sólo con mentiras y la posibilidad de que nuestra postura fingida sea descubierta cuando lo que está en juego es real y delicado, debe ser todavía motivo de mayor temor.

Un bautismo a través del cual se pueda traer levadura con éxito, es muy sospechoso. Hay algo sobre un bautismo completo que hace un desastre de los mejores peinados y daña el planchado de nuestros mejores pantalones domingueros. Todo cuanto hay en la superficie de nuestras vidas, todo lo que constituye nada más que una simple apariencia, sufre un golpe mortal en las aguas del bautismo. Pasar de lo simplemente verbal a lo real es tal bautismo. ¡Pero es al salir de esas aguas que uno oye la voz del Padre y ve al Espíritu que desciende y permanece!

De la Plenitud al Poder

Inmediatamente después de Su bautismo Jesús fue tentado en el desierto. Se podría pensar que ese era el momento menos oportuno para probar a un hombre. Pero, en forma paradójica, la misma presencia de la paloma hizo que la tentación fuera tan a tiempo y tan poderosa en la vida de Jesús. De acuerdo con las Escrituras, Jesús entró al desierto en la plenitud del Espíritu. Y las Escrituras también dicen que no fue Satanás el que le atrajo, sino que el mismo Espíritu que acababa de venir sobre Él en el Jordán le llevó al desierto (Mateo 4:1). La primera consecuencia de ser lleno del Espíritu, no fue como uno esperaría. Se podría suponer que Jesús al salir de las aguas se dirigiría directamente a Jerusalén para proclamar el evangelio con gran poder. En lugar de eso, de acuerdo con Lucas, el Espíritu le llevó a un lugar desierto donde estuvo solo, para venir a quedar exhausto de toda fortaleza natural, con hambre, después de cuarenta días de ayuno. Parece que el Espíritu se hubiera ingeniado un juego de circunstancias que invitan a la tentación, que lo hace más atractivo, y no menos, y que hacen a un hombre más vulnerable, y no menos. ¿Por qué?

La respuesta está en parte, como mínimo, en la suprema confianza que Dios tiene en Su Espíritu. El Espíritu que permanece sin limitaciones de ninguna clase en una vasija que es verdadera, puede capacitar a un hombre para soportar incluso una tentación final de máxima categoría. Así es lo confiado que es Dios. ¿Cuán confiados somos? ¿Cuán confiado estoy en el poder de la verdad, simplemente como verdad, sin tener la ayuda de circunstancias externas favorables, ni el apoyo de las fuerzas naturales, para revelar y vencer las más sutiles mentiras, especialmente cuando me llegan en el momento en que más necesitado estoy del poder y del consuelo que ellas ofrecen? ¿Qué clase de verdad y qué clase de relación con ella pueden engendrar la confianza y suplir el vigor espiritual para soportar las mentiras bajo condiciones tan extremas de tentación? La simple verdad verbal no me va a sostener bajo esta clase de presión. Y si no puede sostenerme en el desierto, no será capaz de darme poder para regresar a Galilea y a Jerusalén para proclamar y demostrar el evangelio. Jesús fue llevado al desierto en la plenitud del Espíritu (Lucas 4:1). Salió del desierto y volvió a Galilea en el poder del Espíritu (Lucas 4:14). Si no hay plenitud para entrar en la tentación, entonces tampoco habrá poder cuando se salga de ella.

Todas las necesidades y los deseos que nos vienen, tanto en lo natural como en lo espiritual, traen consigo una tentación para recurrir a una mentira a fin de permitir que se realicen y se cumplan. Y con mucha mayor frecuencia la tentación vendrá cuando estemos en lugares solitarios y áridos, y estemos débiles y vulnerables. Si cuando la tentación llega encuentra orgullo, pretensión, transigencia, y fingimiento en nosotros, penetrará nuestras defensas puramente verbales y nos dejará sin ningún poder real cuando entremos a Galilea. Pero si justamente hemos venido del Jordán y tenemos al Espíritu que nos habita en plenitud total, y contamos con la seguridad tranquila e inconmovible de la complacencia de nuestro Padre, entonces la tentación obrará como un catalizador en nosotros y transformará la plenitud en poder. El poder del Espíritu se convierte en una realidad dentro de nosotros en la medida en que hayamos resistido y rechazado toda otra falsa fuente de poder.

La Prueba de la Verdad: Entre Aquellos Que Nos Conocen

“Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea…vino a Nazaret donde se había criado.” (Lucas 4:14a, 16a).

Nazaret es el último lugar a donde iríamos, a menos de estar seguros del poder del Espíritu. Galilea y Nazaret tienen mucha significancia porque son “…donde se había criado.” Jesús fue directamente a las personas que le conocían. La mayor prueba siempre está frente a la entrada de nuestra casa, entre quienes conocen nuestra debilidad, nuestro defecto, y nos ven andar a diario nuestra fe. Es mucho más fácil fingir y engañar tanto a los demás como a nosotros mismos donde no somos conocidos, donde nadie puede mirarnos y decir: “¿No es éste el hijo de José, el carpintero?” Comenzar cada uno de nosotros en su propio Nazaret, en su propia familia, congregación, lugar de trabajo, es enteramente otra cosa.

Vino a Nazaret donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a Su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre Mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. (Lucas 4:16-19).

Fingimiento vs. Sustancia

Sería una tontería ir hoy a nuestros propios Nazarets y proclamar que el Señor nos ha ungido a fin de sanar a los quebrantados de corazón y dejar libres a los cautivos sin la paloma celestial morando con nosotros en plenitud y poder como lo hizo con Jesús. “Y enrollando el libro…se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en Él” (Lucas 4:20). ¡De la misma manera los ojos de todos estarán sobre nosotros cuando oigan palabras como estas saliendo de nuestra boca! Si estamos fingiendo al pronunciar simples palabras sin sustancia que las respalden, haríamos mucho mejor en quedarnos callados y no llamar tanto la atención sobre nosotros. El mundo se ha acostumbrado a oír los mensajes y desechar a quienes los dicen. Una mirada penetrante es suficiente para revelar que no se necesita tomar en serio al que habla.

Cuando Jesús se sentó y todos fijaron su mirada en Él, no justificó Sus palabras o procuró una retirada verbal estratégica. Le pidieron que pusiera las cartas sobre la mesa, probaron Su sustancia. Su respuesta fue decir: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.” (Lucas 4:21).

Los habitantes quebrantados y cautivos de los Nazarets de hoy esperan oír tales palabras de nuevo. Necesitan darse la vuelta y fijar su mirada cínica sobre la Iglesia y decir, no con escarnio sino con asombro sorprendido: “¿No es éste el hijo de José? ¿No son estos mismos cristianos los que siempre están rodeados de inconsistencias, llenos de habladurías, y cautivos de los mismos temores y codicias que padecemos? Entonces, ¿qué es este fervor de amor, esta transparencia, sencillez y claridad, esta evidente realidad?” Que venga el día cuando lo que se dijo de Jesús sea dicho también de Su Iglesia: “Y se admiraban de Su doctrina, porque Su palabra era con autoridad” (Lucas 4:32).

Ese día necesita venir porque hay otro día que se acerca cuando las ilusiones a las que los hombres se aferran para obtener un sentido de seguridad y sanidad se derrumbarán y se disolverán. Si hubo gente que saltaba por las ventanas cuando la economía se derrumbó en la depresión de 1929, ¿qué sucederá a nuestra más blanda y consentida generación cuando la totalidad del actual sistema mundial comience a tambalear y a colapsarse? Todo lo que se pueda sacudir será sacudido. Todo lo que se fundamentó sobre ilusiones, verdades a medias, orgullo, codicia y temor, al final chocará con la realidad. Entonces habrá muchos más oprimidos y quebrantados, muchos más cautivos y ciegos y confundidos. ¿Será la Iglesia la única fuente restante de sanidad a la cual volverse y adherirse o estará tan desolada y perturbada como el resto del mundo, repentinamente privada de las mismas mentiras e ilusiones?

Cuando Jesús leyó en Isaías se detuvo en la mitad de un versículo. Concluyó: “…a predicar el año agradable del Señor.” Ese último versículo termina: “y el día de venganza del Dios nuestro.” (Isaías 61:2). Estamos destinados a completar ese versículo. El mundo se ha acostumbrado a ver hombres raros en las esquinas que llevan carteles tenebrosos donde se lee: “¡Arrepiéntanse, pues el fin del mundo está cercano!” Cuando a la Iglesia no se la toma en serio, a quienes proclaman el juicio venidero se les considera como tontos. Esto se debe a que los hombres no ven que ese día viene; están ciegos a la luz del preamanecer de ese día, una luz que, incluso ahora, ilumina y revela todo en el mundo como vanidad y mentiras. El fracaso para ver una mentira como mentira no tiene ninguna relación con fallas en la vista. Una mentira no se ve como mentira precisamente porque se ha creído en ella, porque de ella fluye mucha seguridad y comodidad y poder hacia quienes la creen, y todo eso evita que sea reconocida su naturaleza engañosa.

La capacidad para ver una mentira como mentira no tiene nada que ver con la simple comprensión verbal de la doctrina del juicio final. La capacidad para ver una mentira como mentira viene de no creer en ella, de rechazar y rehusarse a la seguridad, la comodidad y el poder que la mentira ofrece. ¿Vemos bíblicamente y experimentamos todo el mundo como engendrado de una mentira? Si no vemos así, entonces estamos tan ciegos como los incrédulos, a pesar de todas nuestras palabras correctas sobre escatología. Y si quienes guían a los ciegos y les predican el evangelio y les ofrecen la vista están igualmente ciegos, entonces al final sólo podrán caer juntos en el mismo foso.

Juicio: Primero a la Iglesia

Hay una razón para que el juicio, y no solamente la doctrina del juicio, deba venir primero a la Iglesia. La Iglesia necesita que la luz brille sobre sus propias mentiras e ilusiones. Necesita que todo lo que tenga sus cimientos en la irrealidad y se haya nutrido en las tinieblas, se derrumbe. Necesita ver todo a la luz; todo, inclusive a sí misma, como de hecho es, como Dios mismo la ve. La luz de la verdad es juicio para todo lo que no es verdadero. La Iglesia, hasta donde sea verdadera y cierta, vive en la luz del día del juicio, y la irradia, aun ahora en medio del mundo. Tan sólo una Iglesia así, y creyentes así, siendo ya una proclamación viva del día del juicio de Dios que viene pronto, pueden proclamar la sanidad de los quebrantados de corazón y devolver la vista a los ciegos.

La luz de la verdad de Dios cambia más que las doctrinas del hombre; cambia al hombre. Isaías era ya un gran profeta, pero en el año en que murió el rey Uzías, Isaías vio algo que le transformó. Isaías vio a Dios Todopoderoso en Su gloria y el resultado de esa visión no fue un tratado ni una interesante serie de sermones. Isaías cayó como muerto y clamó que era un hombre de labios inmundos y que vivía entre un pueblo de labios inmundos. Entonces clamó: “¡Ay de mí! que soy muerto.” (Isaías 6:5). Vio como Dios ve. Vio todo como realmente es y quedó deshecho. Y solamente después de esto pudo ir y proclamar las palabras que Jesús leyó en la sinagoga de Nazaret, palabras de esperanza y sanidad, porque fue sano y restaurado; pudo proclamar palabras de juicio e ira porque había sido purgado y juzgado.

¿Vamos a ser comisionados y ungidos para proclamar y llevar a cabo lo que Isaías hizo, mientras nuestros labios están aún inmundos con las manchas de la insinceridad y las verdades a medias? ¿Vamos a hacer obras mayores que las que hizo Jesús con un poder menor que el que Él tuvo? Podemos ser capaces de hablar sobre un día de juicio que viene pronto, pero si no andamos ya en la luz de ese día, nuestras palabras son una burla de esa verdad.

Nuestros Anhelos y Metas Más Profundos

Ya somos hijos de Dios, pero todavía no sabemos lo que hemos de ser. Aún no sabemos qué es ser de manera completa como Él (1 Juan 3:2-3), pero una tal y absoluta semejanza es, o por lo menos debería ser, nuestra meta y nuestro anhelo más profundo. Sabemos de manera acertada que cuando Él venga seremos como Él, porque le veremos como en realidad Él es, sin estar nublado por nuestras ilusiones, temores y deseos. Si tal es la esperanza de alguien, se purificará a sí mismo, así como Él es puro. La Iglesia que vive en y por esta esperanza, se purificará a sí misma, hablando la verdad los unos a los otros en amor, restaurando la vista unos a otros, manteniéndose unos a otros verdaderos.

Tal proceso, siempre en amor, es con frecuencia doloroso. El amor de la verdad puede requerir algunos actos extremos. El día en que Dios consagró a los levitas para Su servicio fue el mismo en que Moisés bajó del monte y encontró a todo Israel en orgías e idolatría. Dijo: “¿Quién está por Jehová? Júntense conmigo” (Éxodo 36:26). Un pequeño remanente se le juntó. Tuvieron que hacer una elección entre comer y beber y levantarse y jugar o seguir al Señor; entre entregarse a los consuelos de las mentiras o confiarse ellos mismos a la verdad. A quienes se le juntaron, Moisés dijo: “Poned cada uno su espada sobre su muslo; pasad…y volved por el campamento, y matad cada uno a su hermano, y a su amigo, y a su pariente” (Éxodo 36:27). ¿Cuánto amamos la verdad? ¿Lo suficiente para con toda fiereza tomar la espada y entrar y salir del campamento, lo suficiente como para entrar y salir de nuestros propios hogares, nuestros matrimonios, nuestras congregaciones, y nuestra propia vida de pensamiento, a fin de matar todo cuanto no es verdadero? Cualquier amor menos que este no es sacerdotal.

“Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros… Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz… [Porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad de vida]” (Efesios 4:25, 5:8-9).

La verdad en la vida es el resultado y la evidencia de rechazar la falsedad en todas sus formas. Como todo fruto, no es algo que se pueda alcanzar por nuestro propio esfuerzo. La verdad en la vida sólo la puede producir el Espíritu cuya naturaleza propia y esencial es la verdad. La manera de conocer un árbol no ha cambiado. Siempre ha sido, y será siempre, por su fruto. Si el Espíritu de Verdad es la savia y la vida del árbol, entonces el fruto será verdad de vida. Es en vano esperar que se encuentre otro fruto del Espíritu como amor, o fe, o bondad, o mansedumbre, sin tener la verdad antes que nada. No hay amor, fe, bondad, o humildad que no sea una expresión de la verdad en la vida.

No hay atajos para la vida. El camino no se ha ampliado con los siglos. Ninguna acumulación de conocimientos, o experiencias, o buenas obras, puede agregar otra calzada al camino. El camino es la verdad y la vida, y es angosto en gran manera. Este es el único camino por el que Dios llama a andar a los hombres. Ampliar el camino es simplemente una opción que no está disponible para nosotros. Lo que está disponible es el Espíritu de Verdad para todo el que esté deseoso de andar en la verdad. Dios no tiene mayor gozo que este: el ver que Sus hijos andan en la verdad.

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