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El Espíritu de Verdad 05: Capítulo 4

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Capítulo 4

El Espíritu Santo de Verdad

 

Verdad Ordenada Y Prometida

Dios tiene un principio: cuando pide algo de nosotros también provee los medios para cumplirlo. Todo mandamiento es al mismo tiempo una promesa. “Amarás” es el requisito definitivo, final y, al mismo tiempo, el resumen de la totalidad de la ley. Sentir todo su peso completo implica quebrantarse en desesperación ante la imposibilidad de jamás cumplirlo. Pero bajo el nuevo pacto ese mismo requisito se transforma en una promesa que produce esperanza y vida. “Amarás.” ¿Qué es lo que hace la diferencia? ¿Qué es lo que transforma este requisito en una esperanza viviente? Pablo lo llamó un misterio, oculto durante todos los tiempos, pero ahora revelado a nosotros: Cristo en nosotros, la esperanza de gloria (Colosenses 1:27).

Mi experiencia con una orden de Dios es aquello que determina la manera en que voy ha experimentar Su provisión para su cumplimiento. La esperanza de gloria seguirá siendo un misterio velado para mí mientras considere mi meta, al igual que la intención de Dios, como algo menos que la gloria. El apóstol Pablo fue un hombre que había vivido con la ley durante toda su vida y estaba bastante satisfecho de haberla cumplido. Era hebreo de hebreos, fariseo, apegado a las más estrictas y escrupulosas interpretaciones de los requisitos de Dios. En cuanto a la justicia que es en la ley, se describe a sí mismo como irreprensible (Filipenses 3:5-6). Pero después, algo sucedió. “Pero venido el mandamiento…morí” (Romanos 7:9). Pensé que había comprendido este requisito. Pensé que la medida de la provisión que tenía bastaba para cumplirlo, pero después vino toda la ley. La extensión de lo requerido de repente fue revelada, y vi cuán lejos excedía mi capacidad de jamás alcanzarlo. A menos que se pudiera encontrar una provisión mayor para su cumplimiento, no existe esperanza.

Exactamente esta es nuestra situación cuando nos enfrentamos con el requisito divino de andar en la verdad. “Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo…” (Efesios 4:25). Nunca nos dimos cuenta de lo que se nos demandaba. Jamás imaginamos que esto quería decir algo más que abstenerse de decir mentiras conspicuamente unos a otros. Pero entonces vino el mandamiento completo y vimos lo profunda y sutil que era la falsedad. Experimentamos el requisito de Dios que penetra hasta lo más íntimo de nuestro ser y se extiende a todos los aspectos de nuestra vida. La verdad, como la justicia y la rectitud, es mucho más de lo que pensábamos que era. De hecho, todo acerca de Dios es muchísimo más de cuanto creíamos. Entonces, ¿cómo vamos a ser capaces de andar en la verdad? El velo se corrió hacia atrás y se reveló el completo significado del mandamiento, mientras que al mismo tiempo, vino un total, profundo, absoluto y nuevo significado de una promesa divina. “Y Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad… Él os guiará a toda la verdad” (Juan 14:16-17, 16:13). ¡Qué requisito! ¡Qué promesa! ¡Qué provisión!

Jesús dijo, “Os conviene que Yo me vaya.” (Juan 16:7). ¿Cuántos de nosotros de verdad creemos esto? ¿Acaso no hemos deseado siempre que Él estuviera presente, en carne, para verle y hablarle, tal como hacían los primeros discípulos? Si fuésemos honestos, posiblemente diríamos que hubiera sido muy conveniente si Él se hubiera quedado en la tierra para gobernar y juzgar como un rey. Él hubiera podido contestar objetivamente toda pregunta teológica, dar fin a todo debate, y finalmente comprobar en forma conclusiva cuán correctos somos nosotros y nuestra denominación (o así no seamos una denominación). De hecho, en nuestro candor, podríamos hasta sugerir que Su partida fue la cosa menos conveniente que hubiera podido hacer. Nos dejó Su Palabra, pero no dejó a nadie para decirnos cuál de todas las interpretaciones de ella es la verdadera. ¿Cómo es que puede ser conveniente para nosotros que Él se haya ido?

El Espíritu Santo Es El Espíritu De Verdad

Hasta que Su mandamiento llegue a la “base,” hasta que la intención del Señor para nosotros amanezca en nuestros corazones, no será conveniente para nosotros que Él se haya ido. Mientras vea la verdad como algo que consiste esencialmente en doctrinas y teologías, mi mayor necesidad es un Cristo objetivo y externo que decida objetivamente por mí entre la verdad y el error. Lo mismo es cierto del hombre que aún cree que la justicia consiste de manera esencial en hacer lo correcto. Para él la provisión más útil que Dios puede hacer, sería una declaración muy elaboradamente detallada de la ley para aplicarla a todas las situaciones posibles. Sólo cuando mi comprensión de la verdad y la justicia sea radicalmente ampliada y profundizada, comenzaré a estar de acuerdo con Jesús en que es bueno que Él se haya ido. “Os conviene que Yo me vaya; porque si no me fuese el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Juan 16:7). Para el hombre que ve a la verdad como algo que está en la parte más íntima, la única provisión que quizá llenaría su necesidad más profunda, es el mismo Espíritu de Verdad en su interior. Nuestra necesidad por santidad, por poder, y por consuelo, todas apuntan a una provisión única: Cristo en nosotros, la esperanza de gloria. Sin embargo, parece trágicamente escapar a nuestro cuidado que este Cristo en nosotros, este Consolador, este Espíritu de Santidad y Poder es el Espíritu de Verdad. El Espíritu que descendió en Pentecostés era y todavía es el Espíritu de Verdad.

Jessie Penn-Lewis observó que: “El nombre ‘Consolador’ ilustra Su obra (la del Espíritu), pero Su nombre el ‘Espíritu de Verdad’ describe Su carácter esencial. Por tanto, todo lo que efectúa en y para los hombres como ‘Consolador’ lo realiza de acuerdo con Su carácter como el Espíritu de Verdad.” (Jessie Penn-Lewis. The Spirit of Truth (El Espíritu de Verdad), página 4, Overcomers Literature Trust, 3 Munster Rd., Parkstone, Pool, Dorset, England).

Cuanto Dios haga en términos de consuelo, otorgamiento de poder, consejo, y ánimo, sólo puede hacerlo como el Espíritu de Verdad. Si somos indiferentes o resistimos a la verdad, no sólo nos faltará la verdad sino todo lo que el Espíritu de Verdad se suponía que iba a obrar. Es vano esperar que venga a nosotros como consuelo, cuando se le ha rechazado como verdad. Dios no puede dar un falso consuelo. Dios no puede fingir el amor. Todo lo que Él hace es una expresión de quién es Él y Él debe ser veraz consigo mismo. El Espíritu es el Espíritu de Verdad porque Dios es el Dios de la verdad.

Si recibo un consuelo que deja a un lado la verdad, necesito cuestionar muy seriamente la naturaleza y la fuente de ese consuelo. Mi necesidad de consuelo en el sufrimiento y en la aflicción es muy real, pero mi necesidad de verdad siempre es tan grande como ella o quizás mucho mayor. No es ninguna misericordia permitirle a alguien que continúe en ilusiones y mentiras. Puedo desear tal misericordia, pero Dios me ama demasiado para extenderla. Su consuelo siempre viene con verdad. Es la verdad la que impide que el consuelo se convierta en el combustible de mi autocompasión. Es la verdad la que evita que el poder alimente mi orgullo y mi codicia por gloria. En últimas, de acuerdo con Pablo el apóstol, los hombres perecen no porque no hayan recibido el amor al poder o el amor del consuelo, sino porque “no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2 Tesalonicenses 2:10).

Desear La Transparencia Sin Engaño De Jesús

Amar la verdad es desear la transparencia cándida de Jesucristo más que cualquier otra cosa. Se necesita que sea un deseo muy poderoso, porque junto con esa transparencia vienen algunas cosas de las que muy seguramente y con mucha fuerza podamos querer escapar y rehusar. Recibir el amor por la verdad, y por el Espíritu que es la Verdad, significa hacer frente al prospecto de una vida sin recursos de exageración, ni mentiras “blancas” o adulación,  ni de todo aquello que nos hemos acostumbrado a emplear a fin de magnificar o proteger nuestro yo. Significa no jugar ningún papel, ni asumir ninguna clase de poses. Y esto, francamente, nos asusta a la mayoría de nosotros. El Espíritu de Verdad va a guiarnos a toda verdad, incluso a los sitios donde se nos pueda humillar ante los hombres, y dejarnos dolorosamente inciertos y perplejos, para destruir las imágenes falsas y parciales que tenemos de nosotros mismos, de los demás y finalmente hasta de Dios mismo. Puede que esto no sea lo que estábamos esperando. Buscábamos algo más tranquilo y seguro y mucho menos costoso. Recibir el amor por la verdad y el Espíritu que nos dirige a toda verdad inevitablemente significa una medida de sufrimiento, pues la desilusión, la incertidumbre y la humildad son formas de sufrimiento— ¡y el sufrimiento es algo que desesperadamente quiero evitar! Y lo evitaré a toda costa, incluso a costa de la verdad misma, a menos que ame la verdad aun más de lo que la temo. No es la ignorancia la que nos impide llegar a ser verdaderos; es la cobardía.

“El que venciere heredará todas las cosas, y Yo seré su Dios y él será Mi hijo. Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:7-8).

El Amor A La Verdad Echa Fuera El Temor

Los cobardes y los incrédulos se mencionan en la misma oración porque en el corazón de la cobardía habita el rehusarse en creer y confiar en Dios que nos llama a andar en la verdad. La verdad es la única atmósfera donde es posible hallar la fe y la cordura; y donde se puede encontrar el verdadero consuelo. Dios nunca esconde el hecho que la verdad es a veces dolorosa de experimentar, tal como Él mismo lo es. Pero por otro lado nos da toda clase de razones para amar y confiar en la verdad, así como nos da todos los motivos para amar y confiar en Él mismo. Cuando vacilo y retiro mi confianza, implico que se necesita cierta medida de sombra y pretensión si voy a sobrevivir. De hecho, declaro que el Consolador es incapaz de consolarme a la luz sin diluir de la verdad y que Dios requiere evadir su propia naturaleza para consolarme. Muy pocos permiten que tales pensamientos se vuelvan conscientes, pero conscientes o no, una vez que se forman y se afirman en el interior, me hacen un cobarde y un incrédulo, un amante de las tinieblas y mentiras.

Comienzo como cobarde y termino como idólatra. Si Dios es verdad, si el Espíritu de Verdad es su Espíritu, ¿a quién adoro si me niego a amar y andar en el Espíritu de Verdad? Allí habrá muchos en el día cuando la total Presencia de Jesús quite todas las ilusiones y todas las sombras que afirmarán haber hecho grandes obras y haber predicado en el nombre del Señor muchos sermones doctrinalmente correctos. Y Él jamás va a negar sus reclamos. Tan sólo dirá: “Nunca te conocí. Nunca estuviste unido a Mí vitalmente. Nunca amaste Mi Espíritu. Temiste a la verdad y nunca la amaste ni a ella ni a Mí.”

Nuestra cobardía nos impide recibir el consuelo que necesitamos tan desesperadamente. Nos evitamos el dolor de la verdad pero es un dolor asistido por un consuelo que es totalmente único y sanador. “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda verdad” (Juan 16:12-13). Él también es consolador, y sólo Él puede hacer soportable toda la verdad. Sin el Espíritu de Verdad, se nos deja apenas con un consuelo falso. El consuelo falso es un camino que remplaza el sufrimiento. El consuelo verdadero es una vía que lo atraviesa. El consuelo falso jamás nos podrá llevar al Padre porque, después de todo, no es sino una expresión de la no verdad, así como el consuelo verdadero lo es de la verdad misma. El consuelo falso, como todo lo que es falso, nos conduce solamente a la esclavitud, no a la libertad; al padre de las mentiras, no al Padre de la Luz.

Nos podemos negar a amar la verdad. Pero tal rehusar no comienza solamente con una decisión. Es más bien la respuesta al efecto acumulativo de toda una existencia donde no se ha hecho otra cosa sino escoger mentiras y verdades a medias, donde se ha preferido el consuelo en lugar de la verdad, donde siempre se escoge un sendero seguro y sin dolor en vez de la dirección del Espíritu. Cuando el Espíritu viene para sacarnos de una ilusión, para hacernos salir de una verdad a medias y guiarnos a toda la verdad, ¿cuál es nuestra respuesta? ¿Preferimos la seguridad de aquello que es conveniente y familiar? ¿Nos apegamos al conocimiento parcial de aquello que nos ha servido tan bien? ¿O le damos la bienvenida a Él y en obediencia, sin importar lo costosa, le seguimos a donde nunca nos importaría o jamás nos atreveríamos a ir por nosotros mismos; esto es, a toda la verdad? Es la forma como andamos diariamente la que nos hace amantes de la verdad o cobardes huyendo de ella.

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